sábado, 12 de diciembre de 2009

El sótano

Se despertó con los pies y las manos inmovilizados, encadenado al suelo y a la pared. A su alrededor sólo había oscuridad, y una humedad que le entumecía los músculos. Trató de recordar cómo había llegado hasta allí, lo que le produjo un fuerte pinchazo en la cabeza.


Estaba ya cerca de casa cuando notó un pinchazo en la garganta, que lo hizo desplomarse en el acto. A partir de ahí ningún recuerdo brotaba de su memoria. Trató de gritar, pero no pudo; tal vez aquella inyección le había paralizado las cuerdas vocales, o puede que fuese un severo síntoma del pánico que se había apoderado de su cuerpo. Notó el cansancio, y su vista se nubló.

Un cosquilleo por la pierna hizo que saliera de su sueño. Inclinó la cabeza y vio como una araña trepaba enredándose con el vello de su muslo. Se agitó tanto como pudo, y los gritos trataron de escapar de su garganta, de nuevo sin éxito. Odiaba –y odia- las arañas. Un sudor frío, fruto del terror, comenzó a brotarle en la frente y la espalda, mientras observa como la araña sigue su recorrido incansable por su cuerpo.

Se despierta de nuevo, sin saber si es de día o de noche, y sin saber cuánto tiempo ha pasado. Echa un vistazo a la oscuridad que lo rodea, y descubre algo nuevo y aterrador. Un anciano decrépito lo mira fijamente, vegetando en una silla de ruedas, y con un gotero pinchado en algún punto de su brazo. Su expresión es vacía, y sus ojos vidriosos, como los de un muerto. Pero respira, está vivo; físicamente, al menos.

Una puerta se abre bruscamente, y un hombre vestido de negro entra por ella, seguido por otro hombre trajeado. El primero suelta las cadenas de la parad y el suelo, y lo arrastra sin cuidado alguno por el suelo de la habitación. Los gritos intentan salir otra vez, pero no son capaces de alcanzar el exterior. Sin fuerzas para resistirse, mira por última vez al viejo, cuya expresión no ha cambiado, y se pregunta si ese es su futuro, o si tendrá la suerte de morir antes.

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